8.2.10

Retrato de la casa de San Joaquín.

¡Mari! ¡María! Gritaba mi padre desde la acera, para que mi tía asomase por el balcón de la cocina en un tercero de la calle de San Joaquín y arrojase al vacío las llaves, en aquella antigua casa en la que no había telefonillo alguno.

Mi hermano me contó que, anteriormente, el edificio contaba con una enorme puerta que, con la exageración infantil, yo pensaba diseñada para el mismísimo Goliat.


Era la post-siesta de una tarde de quién sabe qué estación del año. En la tele no había más programación que la de los dos canales públicos y nos habíamos bajado del 2 en la parada del SEPU de Gran Vía, en donde ahora hay tienda de una conocida cadena de ropa. Tras subir por la calle de Fuencarral, el bar La Criolla (hoy ocupado por otro establecimiento hostelero) marcaba la esquina de la calle de San Joaquín, en cuyo final el Sol se mostraba filtrado por las casas de la plaza de San Ildefonso.


En aquel tiempo, el barrio de Maravillas, hoy llamado por los más recientes “barrio de Malasaña”, pero que siempre será barrio de Maravillas, contaba con una población ampliamente envejecida, con un comercio deprimido y una juventud que viajaba fuera de Madrid, sin irse, o yéndose, a lomos de caballo.


Aquellas escaleras, hasta el tercer piso, olían a humedad y a madera resistente. La casa era mágica. En aquel baño enorme y trapezoidal, con aquel ventanuco al rellano, la bañera era la reina, enorme, larga, con sus cuatro patas. La cocina, como una película con segunda parte, olía a años de guisos de una abuela que no conocí. El salón, en el que en alguna tarde de primavera abrí el libro de Naturales para hacer los deberes, estaba presidido, al igual que hoy el salón de la casa de mis padres, por el diablo en persona, esculpido en madera noble a golpe de formón, en lo alto de un mueble que sólo tiene pretensiones de aparador.


Las personas, los recuerdos, alguna habitación y ciertos objetos son cosa mía, quién sabe si para otro tiempo. Pero éste es, con la memoria fermentada de varios lustros, el esbozo escaso del recuerdo que guardo de la casa de la calle de San Joaquín, hoy, 8 de febrero, que también es cosa mía.

2 comentarios:

Esteban Greciet dijo...

Qué emoción... Yo también me he acordado esta mañana. Te acuerdas de más cosas que yo. No siempre subíamos por Fuencarral: a veces también por Barco o Corredera Baja.

Carlota dijo...

La situaciones recordadas con tanto cariño no pasarán nunca a formar parte del olvido. Gracias.